lunes, 20 de febrero de 2012

JOSEPH REDHEAD: Un sabio de la vieja Salta

Opiniones


Dt. Ricardo N- Alonso
(dr. en geologia Unsa-Conicet)

Hoy, 20 de febrero de 2012, se cumplen 199 años de la Batalla de Salta y a la par de Belgrano aprovechamos para recordar tal vez al único y verdadero científico de la vieja Salta que fuera el médico y naturalista inglés Joseph James Thomas Redhead (1767-1847). Redhead llegó a Buenos Aires en 1803 y más tarde, en 1809, se trasladó a nuestra provincia. Nació en Escocia en 1767 y en los primeros años de su infancia, la familia Redhead se trasladó a Edimburgo ciudad en la que cursó sus estudios en el Real Colegio de Edimburgo. Continuó sus estudios superiores en la universidad de dicha ciudad, en la que en 1789 se graduó de médico. Al llegar a Buenos Aires, para no denunciar su origen británico dijo que era originario de Connecticut. Antes de su arribo al país había realizado estudios en la célebre universidad alemana de Göttingen, adonde fue compañero por Guillermo IV y por quien llegaría a ser un sabio reconocido internacionalmente: el barón Alexander von Humboldt.

Fue Humboldt quien le habría dado a Redhead “un itinerario para explorar especialmente las hoy provincias del norte argentino”. Luego de su permanencia en Alemania, habría viajado por Italia y Rusia, además de haber estado preso en Francia. Este naturalista viajó extensamente, estudió la vegetación del norte argentino y estuvo algún tiempo en Rosario de Lerma, donde estudió el tifus y la malaria. En 1812 se trasladó a Tucumán donde fue médico de Belgrano, a quien acompañó victorioso en la batalla de Salta en 1813, así como también en las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma. Fue el médico que asistió a Belgrano en su lecho de muerte. Regresó a Salta en 1821. Woodbine Parish, en su voluminoso y enciclopédico trabajo “Buenos Aires y las provincias del Río de la Plata”, publicado en Londres en 1852, cita reiteradamente a su “inteligente corresponsal” Redhead, a quien le agradece por los informes valiosos con datos geológicos y barométricos que supo aportarle. Entre ellos figura información sobre el meteorito del Chaco. A propósito, la expedición de Rubín de Celis en búsqueda del hierro nativo del Chaco -que algunos pensaban era la saliente de una veta de plata pura- contó con la presencia del salteño Francisco Gavino Arias (1732-1808). El tesorero real Güemes, padre del prócer, los proveyó de las herramientas necesarias, con lo cual nuestra provincia participó con hombres y bienes de aquella importante expedición como queda demostrado en los documentos. De acuerdo con Parish, Redhead le remitió un informe sobre sus ideas acerca del debatido origen de ese hierro del cual se discutía si era volcánico, cósmico o criado en la propia tierra. El científico anglosalteño se inclina equivocadamente por la tercera posibilidad cuando dice: “Ni tampoco alcanzo por qué razón negaremos a la naturaleza el poder de reducir en su laboratorio un metal que tan fácilmente se separa de sus combinaciones por medio de los esfuerzos del hombre”. Es importante conocer que en esta discusión tercia el propio Humboldt, quien es de la misma opinión que Redhead. Como dato curioso se dice que Redhead tenía un bastón cuyo puño estaba hecho del hierro meteorítico y, como tal, en largos años no se había alterado. También menciona Parish la idea que tenía Redhead sobre una antigua costa marina en Santiago del Estero. Parish usó los datos barométricos de Redhead para los cálculos de altura de las ciudades y montañas del norte argentino y sur de Bolivia. Entre ellos, calcula la altura de la ciudad de Salta en 3.973 pies (1.144 m), además de varios puntos de la quebrada de Humahuaca, La Quiaca, Tupiza, Potosí y la montaña de Chorolque, esta última en 16.530 pies. Se convierte así en el primer andinista científico en tomar alturas de cumbres en esta región del cono sur y estudiar su geología tal como lo menciona el inglés Juan H. Scrivener en sus memorias. Es interesante destacar la publicación de su librito en 1819, titulado “Memoria sobre la dilatación del aire atmosférico”. Es importante mencionar esta memoria, más que por su valor intrínseco, por el tema elegido que la diferencia tan diametralmente de los libros publicados en esa época y por los datos concretos que el autor proporciona acerca de su realización experimental. También se sabe de unos apuntes en inglés, titulados “Algunas observaciones generales acerca de la influencia del sol y de la atmósfera sobre los animales y los vegetales”, que formaban parte de la biblioteca de Luis Güemes. Redhead fue corresponsal del sabio Alexander von Humboldt, el hombre más famoso de su tiempo. Redhead regresó a Salta en 1821, después de la muerte de Güemes. Importantes viajeros lo mencionan en sus memorias como hombre importante de visitar y de consulta por los largos años que llevaba en Salta. El viajero inglés Edmund Temple lo visitó en 1826 y lo menciona como un caballero inglés que lo ilustró sobre las bondades del clima de Salta en contraposición al de Tucumán. Por este motivo J. B. Alberdi lo menciona en sus memorias. Otro viajero que pasó en la misma época de Temple, en este caso el capitán inglés Joseph Andrews, habla largamente en su libro de Redhead y de todas las diligencias a las que lo acompañó, mayormente para establecer negocios mineros. Andrews le agradece los datos sobre minerales que le dio, en los que resulta sumamente interesante la mención del petróleo. Este dato es crucial en la historia del petróleo en la Argentina, porque constituye uno de los antecedentes más antiguos.
También el viajero minero inglés John Scrivener se refiere a Redhead con palabras elocuentes y agradece que lo curara de una enfermedad al llegar a Salta, en 1826. Redhead murió octogenario en nuestra ciudad, en la pobreza pero rodeado de gran respeto, el 28 de junio de 1847, y fue enterrado según su voluntad en un panteón construido en su propia quinta. Fue Redhead quien coleccionó los primeros papeles para la historia de Güemes por un encargo que le hiciera Manuel Puch. Su valiosa biblioteca fue heredada por Luciano Tejada, el esposo de Macacha Güemes. El eminente historiador Arnold Toynbee, en su visita a Salta en 1966, formuló conceptos de recordación para el insigne médico que sirvió a la causa de la emancipación de América del Sur. En 2001 publicamos un folleto sobre este interesante personaje (véase: Alonso, R. N. y Sorich, A. D., 2001. “Joseph Redhead y la ciencia colonial”. Ed. Gofica, 39 págs. Salta). La vida y obra de Redhead constituye la primera página científica concreta para la historia de Salta y, en especial, del primer naturalista y andinista científico.

lunes, 13 de febrero de 2012

LA CIENCIA Y LAS PSEUDOCIENCIAS

LA CIENCIA Y LAS PSEUDOCIENCIAS

RICARDO ALONSO, Doctor en Ciencias Geológicas

lunes 13 de febrero de 2012


Opinión


Aristóteles fue un gran sabio de la antigüedad que dejó sentadas las bases de gran parte del pensamiento actual. Él especulaba hace más de veinte siglos que dos objetos que se arrojaran desde una altura cualquiera, el primero que llegaría al suelo sería el más pesado. Apeló para ello al sentido común. Pero en ningún momento se le ocurrió comprobar si esto era cierto. Galileo Galilei fue más allá y decidió hacer un experimento muy simple. Se subió a la Torre Inclinada de Pisa y desde allí arrojó dos bolas, una de madera y otra de metal comprobando a través de sus observadores que las bolas llegaron al piso al mismo tiempo. Simplemente había experimentado y no se había confiado en el equívoco mensaje de los sentidos humanos.

Quedó allí claro que era muy fácil dejarse engañar por los sentidos. Habían pasado casi 2000 años entre el razonamiento de Aristóteles y el experimento de Galileo. Cuando el hombre llegó a la Luna realizó el experimento de Galileo en ausencia de gravedad y allí pudo comprobar que una pluma y un martillo arrojados desde ambos brazos del astronauta tocaban el suelo lunar al mismo tiempo. Hay mucha diferencia entre “creer” algo y “saber” de algo. Allí nace el campo de la ciencia (saber), que se distingue del campo de las creencias, por más legítimas que sean estas últimas cuando apelan a un conocer teológico o metafísico que está más allá de lo físico.

Veamos como ejemplo un caso paradigmático: El Diluvio Universal. Todos conocen el tema de las lluvias permanentes, la inundación de las tierras hasta cubrir las montañas más altas, el Arca de Noé y la salvación de los animales en parejas, la extinción catastrófica de los animales que todavía hoy se llaman “antediluvianos”, entre otros elementos. Mucha gente “cree” que efectivamente el diluvio ocurrió y que fue un castigo divino. El hallazgo de conchillas marinas en los picos más altos de Europa y más tarde de los Andes parecía una prueba irrefutable de que alguna vez las aguas habían alcanzado las altas cumbres.

La ciencia demostró que no fueron las aguas las que llegaron a las altas cumbres sino que fue el fondo del océano el que se levantó cuando se plegaron las cordilleras. Precisamente el “Diluvio Universal”, ni fue diluvio ni fue universal, y lo que verdaderamente aconteció fue un evento geológico. Por supuesto que tampoco hubo ningún castigo divino, ni nada que se le parezca. La ciencia busca descubrir las leyes de la naturaleza. Las leyes de la naturaleza son el esqueleto del universo. Las pseudociencias o falsas ciencias explotan conceptos que no requieren demostración ni experimentación como al que llaman “milagro”. Un milagro es por definición “la suspensión momentánea de las leyes naturales”. Pero ¿Pueden suspenderse momentáneamente las leyes naturales? ¿Puede frenarse el sol, “caer” la manzana hacia arriba, o abrirse de par en par las aguas del mar? Desde luego que no, ya que las consecuencias serían trágicas y terminales. Sin embargo encontramos esos relatos anticientíficos poblando las páginas de textos creacionistas, míticos, mágicos, entre otros. Se dice en algún texto bíblico que fue un “milagro” el que una ballena se tragara a Jonás. El filósofo escocés David Hume decía que ¡el verdadero milagro hubiese sido que Jonás se tragara una ballena!




Karl Popper, uno de los grandes filósofos del siglo XX, elaboró un criterio de demarcación entre las proposiciones científicas y las proposiciones no científicas, a lo que llamó el criterio de “falsabilidad”. Esta palabra rara tiene que ver con lo falso y más concretamente con demostrar que algo puede necesariamente ser falso, aún cuando todo indique su carácter de verdadero. Las pseudociencias no son “falsables” porque son temas cerrados que contienen su propia verdad y por lo tanto no son susceptibles de ser invalidados mediante experiencias.

Hay disciplinas que no tienen base científica pero tampoco la reclaman implícita ni explícitamente, por lo cual no se las considera como pseudociencias. Una pseudociencia es entonces una disciplina, determinada por un conjunto de prácticas, creencias, conocimientos y metodologías no científicos, pero que reclaman dicho carácter. Algunos ejemplos son: la astrología, la rabdomancia, la homeopatía, la ufología, el feng shui, el tarot, la numerología, la parapsicología, la telepatía, la telequinesia, etcétera. ¿Podemos “falsar” estos conocimientos? Imposible. No se trata, pues, de mostrar que un enunciado es verdadero, sino de concluir que puede serlo porque se ha tratado de mostrar, sin conseguirlo, que era falso. Cuando los pseudocientíficos se ven atrapados en sus propios argumentos disparan frases en contra de la “ciencia oficial” o ‘el establishment científico‘. Un ejemplo concreto es endilgar culpas a los gobiernos de las potencias diciendo que estos tienen pruebas concretas de la visita de extraterrestres (platos voladores que se estrellaron en nuestro planeta, cadáveres de alienígenas, etc.), pero que no los muestran o los ocultan por una rara confabulación en donde ni el propio presidente del país tiene acceso.

Cuando se desmoronan sus argumentos entonces la acusación es contra el escéptico que ‘tiene la mente cerrada‘ o es un ‘positivista dogmático‘. Los ‘conocimientos‘ que suponen las pseudociencias se basan generalmente en la tradición o en dogmas arbitrarios establecidos hace tiempo, o bien en revelaciones transmitidas por supuestos ‘sabios‘ o ‘expertos‘ que se autoproclaman como tales. Nunca se basan en investigaciones reales que puedan ser citadas, estudiadas y quizá refutadas por otros, tal como se hace en toda disciplina científica seria. A veces su ambigüedad o su misma falta de contacto con la realidad hace imposible probar que no funcionan (falsabilidad); otras, la prueba clara de que son falsedades es rechazada por los pseudocientíficos con argumentos ridículos o simplemente ignorada.


Por definición, “ciencia es la descripción y correlación de aspectos de lo real obtenidos mediante la observación, la abstracción y la lógica”. Es el conocimiento verdadero de las cosas por sus principios y sus causas. Es la ciencia la que ha impulsado al hombre hasta límites insospechados. En el último siglo y gracias a la ciencia se han erradicado enfermedades devastadoras, los humanos han aterrizado en la Luna, se han enviado sondas robóticas hasta Marte, se han impulsado sondas que ya dejaron el sistema solar y llevan como en una botella cósmica el mensaje de los humanos hacia las estrellas, se ha descubierto la estructura subatómica de la materia, se puede viajar en forma segura entre continentes y en pocas horas en modernas aeronaves, se realizan trasplantes de órganos, se decodificó el genoma humano, la computación, internet, y otras maravillas son productos de la ciencia que descubre y de la tecnología que inventa. ‘Tengo la firme creencia que el mejor antídoto para la pseudociencia, es la ciencia‘, decía Carl Sagan.

lunes, 6 de febrero de 2012

Noel Kempf Mercado, mártir de la ecología de Bolivia

lunes 06 de febrero de 2012
Opinión
Dr Ricardo N. Alonso, Dr en geologia (Unsa-Conicet)
La figura del profesor Noel Kempf Mercado (1924-1986) se agiganta cada día, no sólo por su terrible martirio, sino por el gran trabajo realizado en pos del estudio y la conservación de la naturaleza en Bolivia. Su trágica muerte ayudó a cambiar la conciencia de un país en el valor de su extraordinaria biodiversidad presente en la región amazónica y en los llanos al oriente de los Andes. Noel Kempf Mercado y su hermano Manfredo Kempf Mercado han sido distinguidos con sendos monumentos a su memoria en su ciudad natal de Santa Cruz de la Sierra.

En el caso de Manfredo, por su notable aporte a la filosofía y a la política. Manfredo fue un político y un diplomático de nota que a lo largo de su carrera estuvo al frente de la embajada de Bolivia en varios países de América y Europa, entre ellos la Argentina. Dejó para la posteridad numerosas obras, principalmente ensayos filosóficos y novelas. También el padre, el Dr. Francisco Kempf Job, alemán nacido en Alsacia-Lorena en 1879 y quién casó con la cruceña Luisa Mercado Dermit en 1917, fue un médico distinguido que se radicó en Bolivia en 1909 y prestó importantes servicios a su país adoptivo. Noel Kempf Mercado, el hombre de quién nos ocupamos, nació en Santa Cruz de la Sierra el 27 de febrero de 1924. Realizó sus estudios en temas económicos y de apicultura en la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno y en la Universidad de SÆo Paulo (Brasil). Se dedicó por casi un cuarto de siglo, desde 1955 hasta 1980 al estudio de las abejas y la producción de miel. Llegó a ser incluso presidente de la Asociación Apícola de Bolivia y publicó obras sobre esta temática. Sin embargo, algo que lo marcó desde niño fue la curiosidad por la naturaleza.

Entre sus primeras publicaciones se cuentan algunos estudios geológicos. Pero pronto se dio cuenta que era la flora, la fauna y el medio ambiente lo que más le preocupaba. No sólo las plantas con flores que eran el sustento de sus amadas abejas sino también el resto de la flora nativa tanto la que embellecía la ciudad como la que se encontraba en esa enorme porción de selva amazónica boliviana. Esto le llevó a proyectar una ciudad más verde y aún hoy se lo recuerda por los numerosos framboyanes que plantó. Fue director del Jardín Botánico de Santa Cruz y también director de Parques y Jardines del municipio. Además le preocupó y mucho el tema de la fauna de Bolivia cuya extraordinaria riqueza se aprecia en el Zoológico de Santa Cruz de la Sierra del cual fue director en su momento. Precisamente el principal monumento que lo recuerda se encuentra en la entrada del zoológico y lo muestra a Noel de pie, sobre un pedestal y al tamaño natural, con la vista en la distancia, meditando, con un ave sostenida en la mano derecha alzada al cielo y un pequeño puma apoyado en su brazo izquierdo.


El zoológico es muy importante por la amplia variedad de fauna que exhibe, entre ellas una abundante cantidad de parabas o papagayos de distintas especies mostrando una variedad increíble de vistosos colores verdes, amarillos, rojos y azules; así como también por los yaguaretés, tapires, monos y los jucumaris (Ucumar), todos los cuales se encuentran bien cuidados y alimentados. Un importante busto de Noel preside también la entrada del Museo de Historia Natural “Noel Kempff Mercado” de Santa Cruz de la Sierra. Allí se exponen numerosos restos de animales, entre ellos aves, mamíferos, reptiles, insectos, e incluso un Ucumar embalsamado; cortes de maderas preciosas; restos fósiles tanto de invertebrados como de vertebrados, entre ellos una gran cabeza de mastodonte con sus largos y enormes colmillos; así como también una linda colección de minerales entre la que destacan muestras del famoso mineral de hierro del Mutún, uno de los últimos mega yacimientos de hierro sin explotar que existen en el mundo. La razón por la cual estoy escribiendo esto sobre Kempf se debió a un curioso caso de serendipia (hallazgo fortuito inesperado).

El ornitólogo, naturalista y pintor de aves salteño Elio Daniel Rodriguez, sabiendo de un viaje que debía realizar a Bolivia, me pidió que obtuviera para él algunas obras sobre ornitología de aquel país. Bolivia tiene el 50% de las aves de América del Sur. Había encontrado ya algunos trabajos cuando en una librería de viejo tropecé con una obra titulada precisamente “Aves de Bolivia”, publicada en 1985 por la imprenta Gisbert, de La Paz, y cuyo autor era nada menos que don Noel Kempf Mercado. Grande fue mi sorpresa cuando vi que en la segunda página tenía además una dedicatoria de puño y letra del autor, firmada por él en junio de 1986. La sorpresa fue más grande aún cuando caí en la cuenta que el libro había sido dedicado sólo unos pocos meses antes de que Noel Kempf cayera acribillado por los narcos en la comarca de la Serranía de Caparuch, el 5 de septiembre de 1986. Tal vez haya sido ese uno de los últimos libros que dedicara el autor.

Conviene recordar que Noel Kempff Mercado y otros veinte científicos españoles y bolivianos se encontraban realizando trabajos de investigación de flora y fauna en la región del parque Huanchaca. Dada la lejanía muchos de los reconocimientos eran por avión. En una de las salidas, Noel Kempf y otros tres expedicionarios partieron en una visita para ubicar los mejores lugares de trabajo. De pronto vieron un claro en la selva y decidieron aterrizar. Una vez en la pista fueron sorprendidos por narcos que los ametrallaron y luego quemaron la avioneta la que fue dada por desaparecida. Solo uno, el español Vicente Castelló se salvó porque escapó a la selva donde permaneció escondido hasta que pudo ser rescatado. En el lugar se descubrió luego una enorme fábrica oculta de cocaína. Kempf había caído en pleno cumplimiento de su deber como científico y naturalista, convirtiéndose en un mártir de la joven y naciente ecología de Bolivia.



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lunes, 23 de enero de 2012

Grandes fortunas por hallazgos mineros

PUNTO DE VISTA



lunes 23 de enero de 2012 Opinión

RICARDO ALONSO, DOCTOR EN CIENCIAS GEOLOGICAS (UNSA-CONICET)


Hay toda clase de historias, cuentos y leyendas en torno del descubrimiento fortuito de minas y grandes fortunas.

El Valle de la Muerte se transformó en pocos años en el principal yacimiento de boratos del mundo.

“­Ojalá que no sea plata!”, gritó Patiño, cuando la barreta golpeó la dura veta en el fondo del socavón La Salvadora, con tan buena suerte que era estaño y en esos momentos previos a la Primera Guerra Mundial, el precio de dicho metal estaba por las nubes y en cambio la famosa plata boliviana, que había dado a España inmensas fortunas, ya era historia.

Uno de los usos del estaño era, precisamente, para estañar las latas de conservas de alimentos y en tiempos de guerra, las tropas con alimentos avanzaban y las que no los tenían se frenaban.

Simón Patiño se convirtió en uno de los hombres más ricos del planeta a principios del siglo XX, logró monopolizar el estaño en todo el mundo, además de los sistemas de transportes, las refinerías metalúrgicas en Inglaterra y otros circuitos de la producción y la comercialización.




Casó a sus dos hijos con condes y condesas europeas para obtener esos títulos de nobleza y se fue a vivir en una espectacular mansión, a orillas de un lago suizo.

A su mujer, Albina, una humilde campesina boliviana que lo había ayudado en sus esfuerzos, agotando los ahorros familiares y vendiendo hasta sus últimos aritos y anillos de oro para comprar explosivos y herramientas, le regaló el mayor diamante del mundo que estaba en venta en aquel entonces.

La extraordinaria fortuna lograda por Patiño, que llegó a ser conocido como “el rey del estaño”, llevó a que se hablara de un trato con el diablo, al cual habría vendido en vida su alma, a cambio de encontrar la veta que lo haría millonario.

Augusto Céspedes escribió precisamente “El metal del Diablo” para biografiar a ese otro Patiño, el de los negocios con el averno, y no al enorme visionario que por mérito propio y desde un rincón de Oruro había llegado a tutearse con reyes y otros grandes de Europa.

Existen toda clase de historias, cuentos, fábulas y leyendas en torno del descubrimiento fortuito de minas y la adquisición de grandes fortunas a partir de ellas.

Se cuenta, por ejemplo, que dos obreros que trabajaban en las obras del Ferrocarril de Ontario del Norte discutieron feamente y uno de ellos trató de zanjar la cuestión, agrediendo al otro con un filoso pico.

Por suerte el golpe fue esquivado y el acero fue a dar contra una peña que emitió un característico sonido metálico y dejó una huella reluciente en el punto del impacto. Atraídos por la sorpresa, olvidaron el entredicho y empezaron a hurgar la peña comprobando que se trataba de una rica veta de sulfuros de plata y de plata nativa.

Pronto creció un importante pueblo alrededor, que pasó a llamarse Silvertown (Pueblo de la Plata), y muy poco tiempo después también se lo conoció como Cobalto, al haberse encontrado allí importantes cantidades de este valioso metal, así como también níquel.

Escasa población

En 1903 cuando se realizó el fortuito descubrimiento, la zona estaba habitada por pocas personas y unas casuchas miserables. Años más tarde, Cobalto o Silvertown contaba con decenas de minas abiertas, el pueblo había crecido grandemente y para 1907, ya había producido más de ocho millones de francos.

Aquellos contendientes que casi se matan a picazos dejaron de ser unos pobres obreros ferroviarios de pala y pico para convertirse en mineros multimillonarios. No menos casual fue el hallazgo de la mina de estaño de Haemskirk, en Tasmania.

William Mayne vivía por allí con su mujer, dedicados ambos a la industria quesera artesanal. Todas las mañanas las vacas eran sacadas de los corrales y echadas al campo, para alimentarse de los pastos naturales.

Cierto día, una de las vacas se encaprichó en entrar al huerto de los frutales, haciendo infructuosos los esfuerzos de la mujer por sacarla. Cansada de tanto lidiar con el testarudo animal, decidió agarrar una piedra para arrojársela y grande fue su sorpresa al comprobar el elevado peso de la roca.

Era casiterita (óxido de estaño) pura. Los Mayne vendieron la mina y la quesería y se fueron a vivir como reyes a una ciudad vecina. También se cuenta el caso de un marinero, de profesión fogonero, que abandonó ese oficio para trabajar en las minas de Granity Creek, en Nueva Zelanda.

Uno de sus días de descanso partió al campo con la idea de dar un paseo y al ver una paloma torcaza, levantó una piedra con el objeto de cazarla.

Le llamó la atención el peso de la piedra y cuando la analizó vio que tenía unas chispas amarillas, brillantes, que resultaron ser oro nativo visible. Winter denunció el lugar como hallazgo minero y poco después lo vendió en dos millones de francos.

En la segunda mitad del siglo XIX, Aarón Winters y su esposa Rosa se dedicaban a buscar oro en el interior de California. Sus correrías los llevaron hasta el famoso Valle de la Muerte (Death Valley), una comarca infernal con altas temperaturas y un reseco desierto. Cierta noche acamparon y prendieron una fogata para cocinar. Pronto notaron que las llamas tomaban una extraña coloración verde.

El hombre, que era ducho en el arte de analizar los minerales, se dio cuenta de que aquello significaba que había boro en el lugar, ya que este elemento químico quema, precisamente, dando una llama verde.

Capas de borato

A la mañana examinaron las piedras y encontraron que se trataba de capas cristalinas de boratos que aparecían estratificadas por doquier. “­Somos ricos, Rosa, somos ricos!”, gritaba como un obseso el pobre Aarón, y no se equivocó, ya que vendió los derechos de su descubrimiento en un montón de dinero.

El Valle de la Muerte se transformó en pocos años en el principal yacimiento de boratos del mundo. Se cuenta que fue el indígena Diego Huallpa quien un día de 1545, pastoreando sus llamas, perdió algunas de ellas y luego de mucho buscarlas, tuvo que procurarse refugio en la ladera de un cerro.

Encendió fuego para calentarse y a la mañana había un hilo brillante que salía de entre medio de las cenizas. Su patrón cayó en la cuenta de que aquello era plata y el lugar, Potosí, pronto se convertiría en un hervidero de cientos de miles de indígenas y españoles, horadando la montaña en todas direcciones.

Se había descubierto el yacimiento de plata más grande del mundo, que transformaría el lugar en fuente de increíble riqueza y en una ciudad con el título de Villa Imperial. El cerro pasó a llamarse Cerro Rico y pronto los españoles cayeron en la cuenta de que tenía la forma de un pecho de mujer, o sea de una teta, y que había otros cerros con forma de teta donde se habían mencionado hallazgos de minerales.

Ahí está la veta

Pronto cundió la frase que habría de llevar a numerosos descubrimientos: “­Cerro con forma de teta, ahí está la veta!”. Con el correr del tiempo, el oro del Perú y la plata del Alto Perú (Bolivia) habrían de dar a España el máximo poderío de la época: el imperio de un rey en donde “nunca se ponía el sol” y hasta el esplendor literario del hoy llamado Siglo de las Luces.

Muchas de esas fortunas comenzaron con el hallazgo fortuito o bien con el esfuerzo aislado de los cateadores, buscadores, soñadores y aventureros, todos ellos románticos mineros antiguos que en el pasado encontraron la rica veta.

lunes, 9 de enero de 2012

Vida y obra del ornitólogo Günnar|

Punto de vista

RICARDO N. ALONSO Doctor en Ciencias Geológicas (UNSa-Conicet)


lunes 09 de enero de 2012 Opinión


A pesar de haber sido el más grande experto en aves que tuvo Salta, la vida y obra del ornitólogo noruego Günnar Arturo Höy (1901-1996) ha pasado casi desapercibida. Diré que en 1973 comencé a estudiar geología en la recién creada Universidad Nacional de Salta. Parte de las clases se impartían en el Museo de Ciencias Naturales, viejo edificio en la zona del parque San Martín (Mendoza N§ 2). El museo había perdido para entonces gran parte de su esplendor y ya no lucía las valiosas y hermosas colecciones arqueológicas, mineralógicas, geológicas y otras que supo tener cuando su mentor fue Amadeo Rodolfo Sirolli, quien lo había iniciado a comienzos de la década de 1950. Siendo niño, visité muchas veces el museo y siempre me llamaba la atención ver esas vitrinas de madera que iban desde el piso hasta el techo y que estaban llenas de objetos arqueológicos, principalmente las urnas funerarias, hachas de piedra, puntas de flecha y otros útiles y herramientas de las distintas culturas que habitaron el Valle de Lerma, el Valle Calchaquí y otros rincones de la provincia, en tiempos anteriores a la llegada de los conquistadores españoles. También había huesos de los grandes mamíferos del Pleistoceno, como mastodontes, megaterios y gliptodontes, que vivieron en Salta y se extinguieron unos diez mil años atrás. A pesar de que para comienzos de la década de 1970 el museo no era lo que supo ser, conservaba todavía una rica colección taxidérmica formada, principalmente, por aves y algún que otro mamífero, así como una gran boa. El atractivo mayor del museo era un bebé cíclope, que se guardaba en un gran frasco de vidrio en un escaparate especial dispuesto a tal fin. Este bebé, un caso teratológico, tenía un solo gran ojo en la frente y había sido donado al museo para su exposición. Allá por la década de 1980 arreciaron las críticas de la mano de algunas mujeres embarazadas, las cuales quedaron fuertemente impresionadas por la visión de este pobre humano y su deformidad, lo que llevó a que las autoridades del museo lo retiraran de la exposición. En un despacho a la vuelta de la vitrina del cíclope tenía su lugar de trabajo Günnar Höy, un ornitólogo y taxidermista noruego llegado al país después de la Segunda Guerra Mundial. Lo recuerdo como un hombre parco, medianamente alto, rubio encanecido y de ojos celestes, muy educado, vestido siempre de riguroso delantal blanco. Era extremadamente puntual. Llegaba al museo a las ocho de la mañana. A las diez desayunaba una fruta y al mediodía almorzaba un sándwich de pan blanco con queso. Bebía agua como única bebida y se retiraba a las cinco a su hogar. Esto lo hacía un hombre metódico, frugal, responsable y disciplinado, un verdadero asceta de la ciencia. Era muy difícil verlo caminando por los pasillos o conversando con alguien, salvo con alguno de sus colegas, como Francisco Contino o Jorge Samaniego. Por el contrario, pasaba largas horas encerrado en su oficina describiendo las aves, estudiando, preparándolas para su conservación taxidérmica y, sobre todo, dibujándolas. Günnar era un dibujante exquisito. Uno miraba las pinturas que realizaba de las aves y podía ver el esplendor de los colores, la vivacidad de los ojos, la plasticidad de los cuerpos, la levedad de las plumas, en fin, una pintura realista que expresaba y condensaba hasta los más nimios detalles. Sus pájaros y aves parecía que estaban vivos y solo les faltaba cantar. Tenía, y me mostró, una gran carpeta de láminas de aves que había dibujado y por las que estaba muy contento, ya que había recibido entonces una oferta importante para su publicación en una editorial alemana. Creo que envió el material; pero este se perdió en el camino y la edición de esa magnífica obra nunca llegó a su fin. Era, además, un reconocido experto en nidificaciones y huevos de aves, y muchas veces el museo se engalanó con la visita de reconocidos ornitólogos de fama internacional. Comencé a frecuentar a Günnar allá por 1976. Esto en razón de que un amigo ya fallecido, el geólogo Eduardo Carbajal -que para entonces trabajaba en la ex-Boroquímica Samicaf, en sus trabajos de exploración geológica para la búsqueda de yacimientos de boratos en la Puna argentina- había encontrado una laja de arenisca roja que tenía perfectamente conservadas una media docena de huellas de aves. El lugar del hallazgo era las capas rojas de la isla de Farallón Catal, en el salar del Hombre Muerto. Nadie sabía entonces la edad geológica de esas capas, pero el solo hecho de tener huellas de aves fósiles era un indicativo de que estas podían pertenecer al Terciario. Cuando Günnar las vio, dijo no tener dudas de que habían pertenecido a un caradriforme, esto es, un grupo de aves entre las que se encuentran los teros, chorlitos, avocetas y otros. La cuestión era saber ahora a qué representante de la familia de los carádridos correspondían esas huellas fósiles o icnitas. Con la ayuda de Günnar, comencé el trabajo de comparación tomando en cuenta la forma de las patas de las aves actuales, a base de los ejemplares embalsamados en el museo y otros de la propia colección de Günnar y luego compararlos con huellas actuales y con las huellas fósiles de que disponíamos. Finalmente, concluimos con que era un tero nuevo al que bautizamos como “Reyesichnus punensis”, tomando el género como homenaje al Dr. Celso Reyes, quien fuera profesor de Estratigrafía de la Facultad de Ciencias Naturales de Salta, y la especie, por haber sido encontrada en la Puna. El trabajo se dio a conocer en 1978 y se publicó en 1980 [Alonso, R. N., Carbajal, E. y Raskovsky, M., 1980. Hallazgo de icnitas (aves, charadriiformes) en el Terciario de la Puna Argentina. II Congreso Argentino de Paleontología y Bioestratigrafía y I Congreso Latinoamericano de Paleontología (Buenos Aires, 1978). Tomo III, pp. 75-83)]. Por el tipo de ave se dedujo que las capas pertenecían al Mioceno. En la década de 1980 pudimos datar radiométricamente la formación portadora de las huellas fósiles y a base de trazas de fisión sobre zircones se obtuvo una edad absoluta de 15 millones de años, corroborando la edad Mioceno. Günnar Hoy dejó como legado una extraordinaria colección taxidérmica en el Museo de Ciencias Naturales de Salta.



Publicó, además, decenas de artículos sobre las aves del NOA, desde la selva y el chaco hasta la Puna, tanto en revistas científicas nacionales como internacionales de gran prestigio, entre ellas Fieldiana, Journal of Ornithology, The Auk, Physis y otras, con artículos en noruego, alemán, francés, inglés y español. Günnar Hoy, en silencio y desde su humilde cubículo en el Museo de Ciencias Naturales, puso a Salta con sus investigaciones en el mapa de la ornitología mundial.